Análisis

Una herida al corazón de la democracia

Por Benjamín Torres Gotay / btorres@elnuevodia.com, 06/05/2012 - 7:53am

Era antes una leyenda urbana, una historia de miedo de esas que contaban las abuelas, a media luz, en voz grave y pausada, en noches en que ululaban los vientos y crujían las puertas: políticos desalmados con pata de palo, ojo de vidrio y diente de oro obligaban a sus empleados a votar por tal o cual candidato, so pena de torturas medievales.

La realidad, por supuesto, es a la ficción lo que un árbol frondoso a una mata deshojada. Estamos viendo ahora, pues, que aquellas leyendas urbanas, que no son todas del todo falsas, valga el punto, son un mantecado derretido al lado de la sórdida trama que ha quedado expuesta en la primaria de ‘Guaynabo City’.

Decenas de empleados municipales, encabezados por guardias municipales inspirados, por decirlo con elegancia, por su jefe, hicieron transferencias domiciliarias fatulas, con el camino ya acojinado por la Junta de Inscripción Permanente (JIP), con fin de favorecer al candidato del corazón del todopoderoso alcalde Héctor O’Neill, un tal Antonio Soto.

En el camino, esos puntillazos aquí y allá que hacen que una trama pase de buena a grandiosa: varios hombres hechos y derechos sin otro vínculo que no sea el afán de la argucia viviendo bajo el mismo techo y una guardia municipal que, como Cenicienta, se convirtió en ‘guaynabita’ al toque de la varita mágica, mudándose de un residencial público de Bayamón a un chalet en una verdísima colina de la Villa de Caparra.

Nunca habíamos visto con tanta claridad una conspiración fraguada en los más altos niveles de una organización, en este caso el gobierno municipal de Guaynabo con el fin de robarse una elección. Lo sospechábamos y lo intuíamos. Pero jamás, hasta ahora, habíamos podido verle todas las vértebras y coyunturas a una estafa de esta magnitud.

El público ya no tiene duda de lo que ocurrió. Ha quedado todo al desnudo en las páginas de la prensa. De lo que el público sigue teniendo dudas es de que haya en la institucionalidad voluntad para llegar al fondo de esta pocavergüenza y hacer pagar al que tenga que pagar.

Se ha visto mucho titubeo, demasiada timidez. El Departamento de Justicia ha estado actuando como si esto no le incumbiera, esperando dizque alguien “con propio y personal conocimiento” haga una querella en la que se denuncie lo que todo el país sabe ya.

Mientras, la Comisión Estatal de Elecciones (CEE), tras unos cuantos días de aturdimiento, actuó al fin a finales de semana formando una comisión especial que investigará el escándalo. Dice Héctor Conty, el presidente de la CEE, que no le temblará el pulso para referir a Justicia a los que se le prueben crímenes. Pero en esto la gente ha visto tanto chanchullo que está como aquel Tomás del que se decía que tenía que ver para creer.

Es cierto que los miembros de la comisión, sin excepción, son gente de intachable reputación. Pero no son fiscales. Los fiscales, que son los que pueden acusar, están en el Departamento de Justicia, dirigidos por Guillermo Somoza y su ardor interno por ser juez.

Además, muchos de los fiscales naturalmente quieren seguir siéndolo y para seguir siéndolo tienen que ir al Senado y ya vieron, tanto ellos como el secretario Somoza, en el caso del ahora exjuez Aldo González Quesada, lo que le puede pasar allí a cualquiera que dé un pequeño paso en falso que incomode siquiera un poco al titán de aquella comarca.

Con la hemorragia de falsificación de firmas y su consecuencia de votos fraudulentos, mas ahora el robo en Guaynabo, la confianza en el sistema electoral, trágicamente, ha sufrido una profunda herida en el corazón.

Lo único que, a estas alturas, puede ayudar a resucitarla es que alguien en posición de hacer algo entienda la gravedad de la responsabilidad, se olvide de sus propios intereses y piense un momento en el país y no escatime en desenmascarar al atrevido que osó complotar el robo de las primarias en Guaynabo, no solo al que lo ejecutó, y meterlos presos sin contemplaciones. La investigación, en el fondo, no es complicada: hay decenas de empleados asustados por lo que se les obligó hacer y con apretarlos un poco, simbólicamente por supuesto, lo dirán todo a la primera.

Piénselo de esta manera: salvo los lunáticos que siguen diciendo que le robaron las elecciones del 2008 y pesar de los muchísimos defectos de nuestro sistema electoral, casi nadie, hasta ahora, desconfiaba de los resultados de una elección. En este momento, son cada vez más los que temen de lo que pasa en un colegio electoral una vez emiten su voto.

Por el bien de todos, hay que cortar de raíz esa suspicacia.

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